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La Nochevieja se celebra en la noche del miércoles 31 de diciembre al jueves 1 de enero, un momento cargado de simbolismo que marca el final de un ciclo y el inicio de otro nuevo. En prácticamente todas las culturas del mundo, este tránsito se vive como una oportunidad para renovar energías, dejar atrás lo negativo y proyectar deseos de bienestar para el año que comienza.

Como recordaba en su día el catedrático de Física Antonio Ruiz de Elvira en El Mundo, muchas de las celebraciones asociadas a estas fechas tienen su origen en un hecho astronómico fundamental: el regreso progresivo de la luz tras el solsticio de invierno. Para nuestros antepasados, la disminución de las horas de sol suponía una amenaza directa para la supervivencia. Sin conocimientos científicos, interpretaban la pérdida de luz y calor como un presagio oscuro.

La inclinación del eje terrestre, de unos 23 grados, provoca que los días se acorten hasta alcanzar su punto mínimo en torno al 21 de diciembre. A partir de entonces, el Sol comienza a «recuperar terreno» en el cielo. Cuando llegaba el 31 de diciembre, ya era evidente que la luz volvía. Las cosechas estaban a salvo y con ellas la vida. Había motivos para celebrar el inicio de un nuevo ciclo.

Ese simbolismo ancestral ha llegado hasta nuestros días transformado en rituales populares que, lejos de desaparecer, se repiten cada año como una forma de empezar enero con esperanza.

Los rituales más populares de Fin de Año

Más allá de supersticiones, estos rituales funcionan como actos simbólicos colectivos que ayudan a cerrar ciclos, compartir deseos y comenzar el año con una actitud positiva. En un contexto de incertidumbre global, mantener vivas estas tradiciones sigue siendo una forma de reafirmar la esperanza y la confianza en el futuro.

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