Pablo, (nombre protegido), de 26 años, alternaba su mirada entre la pared celeste y el tumbado de su cuarto. Pensaba en múltiples cosas a la vez: la situación financiera de su familia, la enfermedad de su abuela, su futuro académico, entre otras preocupaciones personales.

Extraviar su atención entre los colores llanos de las cuatro paredes de su habitación al final del día le brindaba algo de calma, o al menos eso creía. Entonces lo sintió.

“Primero me entraron unas ganas locas de vomitar. Fui al baño, pero no pasó nada. Me quedé sentado en el inodoro. Pronto me empezaron a sudar las manos, se me durmieron los pies, se me nubló la vista, me mareé, escuché un pitido en los oídos y empecé a temblar. En serio creí que me iba a morir”, dice Pablo.

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Este miedo lo llevó a tocar la puerta de su mamá para que lo ayudara. Ella le ofreció un té y trató de calmarlo. El episodio duró 15 minutos.

Pablo tuvo su primera crisis hace cinco años. Los primeros tres años experimentó ataques fuertes, pero desde entonces ha recibido atención profesional, lo cual lo auxilió a manejar mejor su condición.

Ha sentido las señales, como el hormigueo en los pies y manos y la sensación de inquietud, pero ha sido capaz de mitigarlas antes de que se vuelvan más serios.

Nombrar cinco cosas que puedas ver, cuatro que puedas tocar, tres que puedas escuchar, dos que puedas oler y una que puedas saborear: esta es una de las técnicas de anclaje sensorial que Pablo utiliza y que Melissa Abad, neuropsicóloga, recomienda como una de las maneras de mejorar los síntomas.

Este trastorno de la ansiedad se caracteriza por “la presencia de crisis de pánico recurrentes e inesperadas”, señala Abad. “En estos episodios surge un miedo de forma súbita, es decir que viene de la nada. No es algo que tenga un estímulo externo, y llega a su máxima expresión en cuestión de minutos”.

Los síntomas físicos incluyen los descritos por Pablo, además de pérdida de equilibrio y respiración entrecortada. El miedo constante a que vuelva a suceder es clave.

Experimentar un solo episodio, sin embargo, no es suficiente para recibir un diagnóstico de trastorno de pánico. Existen casos de personas que sufren de ataques una sola vez.

Por eso Abad clarifica que los profesionales de salud mental deben tener en cuenta una serie de factores para llegar a esa conclusión.

Factores de diagnóstico

El primer paso con un paciente nuevo es realizarle una “entrevista neuropsicológica”: cuánto lleva sintiendo los síntomas, cuándo los sintió por primera vez, con qué frecuencia ocurren, qué interpretaciones le da la persona a estas experiencias desagradables, y cuánto interfieren con su vida diaria.

Hay personas, indica la experta, que se vuelven disfuncionales luego de mucho tiempo de presentar síntomas. No pueden trabajar, ir al colegio ni socializar de forma normal gracias al miedo que sienten de que les vuelva a ocurrir.

Tratamiento

Primero se avanza para reducir la frecuencia de los episodios, definiendo los objetivos de la terapia. “También se trabaja con la disminución de la ansiedad anticipatoria a la crisis” y de los síntomas físicos. Esto incluye técnicas de respiración y de mindfulness.

Si el trastorno no les permite funcionar normalmente de forma cotidiana se traza como meta restaurar esa calidad de vida.

Una de las técnicas para mitigar el inicio de un episodio consiste en trabajar de forma gradual con las sensaciones corporales que el paciente teme para que deje de asociarlas con una crisis.

La respiración lenta y suave también puede ayudar: Abad señala que esto reduce los niveles de cortisol para relajar los músculos y bajar el sentimiento de alerta.

“Otra sería enseñarle al paciente a hacer mindfulness, que es la atención plena, que me permite estar presente en el aquí y en el ahora, estar pendiente de los cambios en mi cuerpo para disminuir la intensidad del pánico”, explica

Casos graves

En instancias extremas el trastorno de pánico puede influir profundamente en la vida cotidiana del paciente.

“El impacto puede ir mucho más allá de la crisis en sí misma: el paciente puede llegar a organizar toda su vida alrededor del miedo. Evitan situaciones sociales, o en las que se sientan en peligro o amenazados”, lo cual afecta su desarrollo profesional y sus relaciones, limitando su autonomía.

Pablo, por ejemplo, sufrió en su trabajo y en su vida personal por el miedo a los episodios. Dejó de salir tanto con sus amigos, y la chica que frecuentaba en ese entonces tampoco entendió por qué se estaba aislando de repente. Siempre se consideró una persona ansiosa, pero sabía la importancia de mantener relaciones saludables con su familia, amistades y parejas, pero la angustia lo obligaba a retraerse.

En casa se dieron cuenta de los cambios en sus hábitos. Dejó de salir a jugar fútbol con sus amigos. Ya casi no aparecía en las reuniones que organizaban sus primos. Incluso dejó de ir al gimnasio, una de sus actividades preferidas, y pasaba cada vez más tiempo en su cuarto.

“Ese miedo horrible me estaba costando la vida”, reflexiona. Con ayuda profesional aprendió a manejar ese sentimiento, y conforme avanzó en su proceso terapéutico volvió a socializar, y sus relaciones mejoraron.

El vínculo romántico que mantenía en ese entonces, sin embargo, no sobrevivió, en parte debido a la presión generada por la condición de Pablo, quien reconoce que pudo haberse comunicado mejor con su pareja, quien nunca llegó a entender completamente lo que le estaba sucediendo a su novio.

Pablo también sufrió en el ámbito académico. Perdió varias materias por faltas y su paso por la universidad duró más de lo que esperaba, pero pudo completar su programa de estudios y graduarse eventualmente.

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